Cuando en Lima, Karen maps

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Kombi limeña en la Avenida Angamos

Hace un par de días asistí a un encuentro de relatos viajeros en Santiago de Chile… Como el mundo es pequeñito, fui a ver la charla que compartieron una pareja de chilenos que conocimos el año pasado en Ecuador mientras viajábamos en la kombi y ellos iban en su remolque desde Alaska a Patagonia. Al evento asistió André Brugiroux, un francés de 79 años que ha estado en todos los países y territorios del mundo y que tenía un mensaje por demás inspirador.

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La manada de Algo Distinto PDE, nuestra invitada estrella Arianna Arteaga Quintero el día que conocimos a los chicos de Alaska a Patagonia en Mompiche, Ecuador.

Estar entre viajerxs me gusta. Me hace pensar que no estoy equivocada y mis prioridades no son una locura. La charla de André me hizo reflexionar mucho, no sólo porque afirma que el planeta entero es un solo país, o que vivir en paz es inevitable… Lo que me hizo más ruido fue cuando dijo que “por primera vez en el mundo no importan las distancias…  Y es increíble! Es un momento increíble para la humanidad. La tecnología eliminó las distancias, ahora toca que siga la mente”. Ahí me di cuenta, este señor comenzó a viajar en 1955 ¡30 años antes que yo naciera! si yo a mis 15 jamás me imaginé posible Google maps, Couchsurf y Skyscanner, por nombrar 3 herramientas básicas para los nómadas de bolsillo ligero que yo misma utilizo… ¿Cómo habrá sido el tamaño del reto para este señor al salir a conquistar el planeta entero hace +60 años?

Salí del evento contenta por el vino gratis e inspirada por las experiencias de todxs. Salí decidida a seguir con lo que he hecho. Lista para partir tomé mi teléfono -no muy- inteligente, me conecté al wifi público, abrí Google maps y me mostró las 4 rutas posibles para ir a donde iba. Hasta dónde caminar, qué bus tomar, dónde bajarme para conectar con otro bus y qué calle tomar para llegar a donde me esperaban; kms totales recorridos y tiempo estimado. Viniendo de Caracas, todavía veo con extrañeza e incredulidad que Google maps sepa tanto de la vialidad y el transporte público de la ciudad… Y acabando de vivir en Lima más aún.

En Lima como en Caracas, Google maps excepcionalmente, no tiene idea de qué bus debes tomar para ir a la dirección que consultas, lxs conductores son abusivos en el trato con el pasajerx y si eres forasterx, vas a necesitar sin duda, la ayuda de algún residente que -con mucha paciencia- te explique como funciona el transporte público en la ciudad, rutas y posibles conexiones. Yo tuve mucha suerte porque en Lima viví con Karen, la abeja reina de lxs host de Couchsurf y parte de mi familia hoy en día. Karen maps, como la apodé con cariño, fue fundamental para poder hacer un proyecto personal de retratos que me puso a recorrer la ciudad de punta a punta. Karen me ayudó a diario a hacer la ruta que me llevaría a recorrer su ciudad y a encontrar la forma de volver a su casa donde viví con la Lupita por meses. Hoy en día desde Santiago, y más ahora que conocí a André y su experiencia nómada tan distinta, cada vez que abro el maps para ver qué ruta debo tomar recuerdo a Karen con cariño y preferiría mil veces preguntarle a ella que a un aparato.

Porque aunque sea cliché y todxs lxs viajerxs lo repetimos como loros, es cierto, aunque haya conocido lugares maravillosos y paisajes alucinantes, ha sido la gente en el camino quienes hacen la experiencia inolvidable y del aprendizaje algo inescapable. Esa bondad y esa generosidad, de la que Karen es la embajadora número 1, es lo que me genera el optimismo para seguir viendo y recorriendo… Y no es que tenga nada en contra de la tecnología, sólo reflexiono en la capacidad de los apps para hacernos autosuficientes y en la consecuencia de aislamiento de esa autosuficiencia digital.

Al que lea esto y tenga planes de ir a Lima, no más avise y se le da link directo de descarga a Karen maps, la mejor app de todas y sin duda un “must seen” barranquino.

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Karen maps (memé) & yo

 

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El mejor plan B de todos

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La última vez que pasé por aquí, les contaba, como mi emprendimiento familiar Durty X me permitía, en gran parte, llevar esta vida de aventura y nomadismo. Pero como todo lo bueno que se comparte y depende de terceros, dejó de suceder -jaja!-, recordándome que para muchos, la palabra no cuenta demasiado y el ego siempre será protagonista. Siempre estaré agradecida por las oportunidades que se me han ofrecido, y también por conseguir la gente adecuada en el camino dispuesta a brindar nuevas perspectivas sin xenofobia y sin sexismo. Gente que genuinamente se alegra por ayudar y por los logros compartidos… Al paintball siempre vuelvo tarde o temprano, será sólo cuestión de tiempo… Para ser honesta, no me puedo quejar de las consecuencias que eso trajo. Mi vida desde ese entonces es mi plan B, pero es el mejor plan B de todos.

Planificar nunca ha sido mi fuerte. La emoción de lo que no conozco es lo que me mueve. La incertidumbre es lo que me ha hecho seguir. La necesidad de salir y sentirme incómoda en mi propia piel me ayuda a conseguirme una y otra vez . Conozco mis limitaciones y dentro de ellas me expando y empujo esas barreras auto impuestas cada vez más lejos de mi centro. Aprendo de todxs, voy con los ojos bien abiertos descubriendo posibilidades. No es fácil y a veces resulta agotador, pero he aprendido, que lo que vale la pena tiene esas características.

Hace ya casi 3 meses desde que salí de Colombia y un poco menos de tiempo desde que estoy en Perú. Tomé la ruta larga y lenta, por variar un poco y no decirles que tomé la más barata. Como otro ejemplo de cosas que no pasaron porque dependían de terceros, terminé haciendo plan por la selva de nuevo, otro plan B. Volé desde Bogotá hasta Leticia pero mi equipaje decidió que le iría mejor tomando el vuelo del día siguiente. Pasé días en la triple frontera amazónica, comiendo pirarucú en Brasil, Colombia y Perú, porque ahí, en el medio de la naturaleza, las fronteras no importan demasiado y es el río quien impone el ritmo de vida. Una vez que mi morral se nos unió, navegué todo un día hasta Iquitos en Perú, donde caminé por las mismas 5 cuadras una cantidad incontable de veces. Recuperé una tarjeta de débito olvidada en un cajero, para volverla a perder un par de horas después. Volé hasta Lima y la reconocí de nuevo desde Callao hasta Chorrillos.

Me fui de Bogotá con la sensación de estar dejando la casa una vez más. Allá quedó la otra familia escogida, los Gutorio, como los llamo por cariño. El máster con su libro que seguimos teniendo pendiente y la cofradía veneca de La Candelaria responsable de los últimos jolgorios antes que me alejara de los Andes por un rato. Y aquí estamos ahora Lupita y yo, en Barranco, trabajando en un proyecto que se aleja bastante de la guerra de pintura y las caretas. Un proyecto que me permite conocerme y cuestionarme a través de la valentía de otros, que me prepara para compartir procesos que hasta ahora han sido sólo míos. Aquí hice una hermana más, maravillosa como el resto que tengo en el harem familiar que he hecho, ella es la responsable de hacer de Lima mi nueva casa lejos de casa.

Tengo una deuda con ustedes, quienes se toman el tiempo de leer esto cada tanto, les debo compartir la experiencia del viaje por la costa de Colombia, ese que hice antes de irme cuando me empeñé en volver al Caribe; el paso por el proyecto de permacultura de Giselle en las afueras de Barranquilla donde Lupita y yo hicimos manada con Yelen y Ger, compañeros increíbles para la aventura de campamento en el Tayrona. Como volví a enamorarme de Santa Marta, como al volver a Bogotá, esa sorpresa y mal sabor en el bolsillo, esa necesidad de inventar un plan B de la nada, me hizo recorrer la ciudad conversando con desconocidos sobre algo que creí extinto. Les debo historias y sin duda muchas fotos.

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Gracias siempre.

lnl.

 

La negra libre de alma Durty

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Mi familia consanguínea es grande. Tengo 4 hermanxs, lxs cuñadxs correspondientes, 8 tíxs, 3 sobrinos, una mamá con su pareja, un papá con su pareja, una abuela que vale por 100 y un sin fin de primxs que no voy a enumerar… Y aún así, me he construido una familia -con la que no comparto apellido- que vaya que es importante para mí. Alguna vez alguien me dijo que los amigos son la familia que uno escoge y, por mi experiencia personal, eso me hizo tanto sentido que no lo dudé ni un segundo.

A mi DurtyX family no los conocí en los años incómodos de la adolescencia ni fui a su fiesta de graduación del colegio, a ellos los encontré tiempo después en una cancha de paintball, por supuesto. Vicky -otra de esas hermanas que hice en el camino- me invitó a una válida Viper por allá por el 2010 en Caracas y para mi sorpresa, había otra chica con una cámara documentando los juegos. Al final del día hablamos y por cosas de la vida terminamos teniendo mucho más en común que sólo el paint, no tardamos en sentir que nos conocíamos de toda la vida. Ella es Tamara, la hermana mayor que me hice que mis viejos no me dieron. Tam vino en combo con Ale, su partner in crime con un talento para dibujar que no tiene comparación. Con ellos vino Jose, el hermanito menor de todos que hoy en día, para mi orgullo, vive en España mientras se termina de convertir en fotógrafo.

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Retrato familiar en Mampote

La primera mitad de 2012 viajé por Europa y, al regresar a Venezuela, sabía que quería ser dueña de mi tiempo y llenar mi pasaporte de sellos. El cómo no lo tenía muy claro pero, al menos, ya sabía en qué dirección quería ir. Es ahí cuando oficialmente nace DurtyX. Un emprendimiento familiar multidisciplinario dedicado al paintball al que le faltaba la fotografía. Ale, Tam y Jose grababan los videos. Tam y Ale diseñaban los jerseys y nuestra línea de camisetas y headbands. Ale editaba los videos, Jose llevaba las cuentas y yo hacía las fotos de todo y así nos entendimos, cada uno apostando desde lo que sabe hacer a un negocio que nos hacía felices. A principios de 2013 nos invitaron a Bogotá a documentar el Rolazo: un evento pequeño pero genial donde entendimos la proyección que podíamos tener como marca y colectivo. Vivir del DurtyX cada vez era menos un sueño y más una posibilidad, en Venezuela las cosas marchaban bastante bien siempre de la mano del circuito Viper; pero siguió pasando el tiempo y la situación económica en Venezuela fue destruyendo el paintball nacional y, por ende, nuestro proyecto. El costo de la pintura importada ya no era amigable para ningún bolsillo pudiente o no y poco a poco, vimos cómo nuestro sueño de vivir en manada del negocio familiar se iba esfumando.

Viendo nuestro panorama y las proyecciones reales de supervivencia del DurtyX en un país donde ya no se jugaba paint, Tam y Ale se entregaron a Wizz Wear, la ratonera que junto con otros han levantado y de la que también formo parte. Jose se puso a estudiar fotografía en mi alma mater RMTF. Yo, por mi parte, seguí representando a DurtyX viniendo a Colombia varias veces al año invitada a documentar  el PPC (Paintball Profesional Colombiano), y pude, por primera vez, vivir viajando y trabajar de viaje. Esos dos años de ir y venir entre Bogotá y Caracas me fueron vitales para entender una cultura vecina de la cual me siento cada vez más cercana. Me ayudaron a hacer amigos entrañables de otros acentos, me permitieron ahorrar en una moneda un poco más fuerte que la mía y, por consiguiente, hicieron posible que siguiera viajando por el resto del continente en carro (con la otra familia escogida un par de años después).

Hoy en día, después de dar tumbos por el mapa por año y medio estoy en Colombia con Lupe, planificando el resto del año y trabajando por el DurtyX como hace años. Se me hace imposible no sentir nostalgia por esos días de paintball cuando estábamos todos juntos. Quiero que DurtyX retome la fuerza productiva que tuvimos alguna vez para poder traer el resto de la manada a finales de año, a que se gocen un buen fin de semana de paint de los que ya no tenemos en Venezuela. Soy adicta a agradecer y por mi DurtyX family siempre estaré agradecida. Todo lo que ha fluido a partir de nuestra junta ha tenido un peso importantísimo en quien soy y lo que quiero para mí. La gente que he conocido, lo que he podido hacer gracias a eso y el poder seguir en movimiento haciendo un trabajo que me encanta, me hace muy afortunada.

Siempre, con mi corazoncito y el alma Durty

DurtyX ftmfw!!!!!!!

Manaos, la vieja París de los trópicos

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Manaos, para mí, es una ciudad de contrastes. En 1889, por la fiebre del caucho era la ciudad brasileña más desarrollada y una de las mas prósperas del mundo. En una época en la que otras ciudades no gozaban del mismo desarrollo, Manaos era la única ciudad del país en tener alumbrado público y un sistema de abastecimiento de aguas y alcantarillado. También había tranvías eléctricos, avenidas construidas sobre pantanos, edificios imponentes y lujosos, como el Teatro Amazonas, el Palacio de Gobierno y el Mercado Municipal. Por todo este derroche de lujo fue conocida, en aquel momento, como la París de los trópicos.

Manaos queda en el corazón del Amazonas. Para Brasil hoy en día, es una ciudad portuaria e industrial súper importante, además es puerto libre y recibe bastante turismo. Muchos de esos edificios gloriosos que hablan de la época de lujo que vivió la ciudad en su momento, están tomados por la naturaleza. Eso es lo que la hace diferente, al menos a primera vista. Fachadas hermosas que albergan verde en su máxima expresión. Esa ciudad imponente que los humanos reclamaron como suya e hicieron grandilocuente se ha ido convirtiendo en una con la naturaleza en los espacios que aún se le permite. O mejor dicho, nadie se le opone. Entendiendo que, sin un interés comercial en particular, ¿para qué perder el tiempo en oponemos a la naturaleza? ¿cierto?.

Esta ciudad no se ha mostrado indiferente al paso del tiempo. A principios del sigo XXI, todo ese lujo y esa manera de imponer, al menos a nivel de infraestrucutra, queda con las mismas muestras construidas a finales del XIX. Pero bueno, más allá de eso, Manaos fue el centro de operaciones de mi viaje a Novo Airão. De ida, al salir del barco en el que venía desde Leticia, me hospedé una noche en el centro, en una habitación compartida con las amigas que había hecho en el barco. Esa noche me conecté de nuevo a internet y vi que tenía varias ofertas de hosts de Couchsurf que podían recibirme con Lupe y fue cuando conocí la Manaos no turística.

Esos primeros días me hospedó Renato. Un manauense de 25 años que habla español perfectamente por las temporadas que ha pasado en Venezuela. Fue al país por primera vez cuando tenía 17 años y ha ido muchas veces desde entonces. Tanto, que pocos días después de irme de su casa, iría hasta Puerto la Cruz en carro con dos amigos a pasar unos días cerca de la playa. Renato fue increíble como host y gracias a su hospitalidad conocí la Manaos que se vive en zonas residenciales alejadas de toda esa grandeza de edificios imponentes del centro. Bastante más humilde, la verdad. Desordenada, planificada a golpes de suerte. Amable, vivible, caminable, reconocible. Con esa imagen de la ciudad me fui a Sobrado en Novo Airão a pasar unos días lejos de tanto concreto.

De regreso de la selva, tuve la suerte de conocer de nuevo el Manaos residencial y no el turístico del centro. Mi host en este caso fue Maíra…  y sus 6 compañeros humanos de casa, la gatita sin cola Carrefour y la pequeña cachorra juguetona Má rapaz. Por casualidades del destino y coincidencias de redes sociales, Maíra fue el contacto que nos abrió las puertas de “Casa Linda” a Lupe y a mí. “Casa Linda” es la casa donde conviven 6 estudiantes de maestría y doctorado de INPA. En esta ciudad que convive a diario con el río, los verdes y la naturaleza queda el Instituto Nacional de Pesquisas da Amazônia (INPA), institución pública brasileña cuyo objetivo es la investigación y difusión de conocimientos científicos sobre la Amazonía. Allí se realizan investigaciones en el área de manejo de bosques tropicales, conservación, ecología, salud pública, recursos pesqueros y agricultura tropical. Es decir que me hospedaron 6 científicos de corazón tan grande como su cerebro a quienes les encanta una buena fiesta. Lo que inicialmente serían 2 días de paso por Manaos, se transformaron en una semana de buena onda y buena comida.

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Maíra en una de las fiestas de INPA

Yo no soy de ir a zoológicos. Por intensa siempre termino pensando que el pobre animalito podría estar en cualquier lugar mejor que esa jaula. Pero si me dan la excusa de la investigación para la conservación de las especies y, dejo esa parte de lado, resulta que me divierto un montón.

En el bosque de la ciencia de INPA me fui de paseo con un colombiano que hace doctorado en botánica. Todos mis hosts estaban en clases, entonces fue él mi guía. Pasamos 3 horas entre chaparrones de agua viendo caimanes en lagunas, tortuguitas varias en peceras, monos y chugüires (capibaras) corriendo libres entre las caminerías de este parque sin ninguna amenaza. Entendí que Manaos en sí es mucho más compleja que la gloria del pasado y la industria del presente.

Sin duda, es una ciudad única, elocuente desde los muros y lo natural. Un lugar diferente desde el clima y la gente donde conviven frutas exóticas y operadoras turísticas. La lluvia inclemente, el sol igual de inclemente, el río, el fútbol y lo urbano de antes y de ahora.

Si pueden ir, ni lo duden. Si abren bien los ojos, vale cada km recorrido.

Ya desde Bogotá, de vuelta a la ropa de ciudad, al frío rolo y planificando las próximas rutas.

La negra libre.

Saudade da floresta… O de cómo terminé viviendo una semana en la selva de Brasil (3/3)

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Los siguientes días en la selva fueron de aprender sin parar. Es fácil sentir que el cuerpo se acostumbra a lo natural una vez que la mente se entrega y lo permite. Ir a caminar a la selva con Silvio y escuchar todo lo que sabía, hizo que mis conocimientos en publicidad, diseño, 2.0, etc. parecieran -más que nunca- el antojo de una sociedad que se esfuerza por venderse a sí misma y consumir cualquier cosa. Solemos sobreestimar nuestras mal llamadas necesidades y subestimamos este entorno que es el más “real”; aunque ese “real” sólo toma valor una vez que el wifi se ha quedado lejos. Si seguimos con nuestras costumbres consumistas más pronto que tarde nos tocará volver a esto. Cuando entendamos que nada vale más que el agua y el valor real que tienen estas redes fluviales para nuestro paso por este planeta, en ese momento, desearemos saber más de las cosas que conoce Silvio y menos de apps y sistemas operativos de última generación.

Pero bueno, independientemente de mis reflexiones, mi trabajo voluntario en el Instituto Dharma fue como diseñadora, aplicando eso que parecía tan inútil 3 líneas atrás en este entorno para transformarlo en ayuda real. Generalmente el modelo de trabajo funciona de la siguiente manera: por una estadía mínima de una semana, el interesado debe pagar un fee que cubre costos de alimentación y transporte desde y hacia Manaos y trabajar dentro de alguno de los programas que maneja el instituto. Yo no pagué por mi estadía, tal vez porque Marcello conoce las circunstancias en las que viajo, mi casi no existente presupuesto y mi intención de colaborar con él desde que nos conocimos. Pero Andreia, la bibliotecaria que vi trabajar y sudar a diario cargando, ordenando e identificando libros sí pagó una a una sus semanas de estadía en el centro, en el que, además, debía colaborar con la cocina, el orden y la limpieza. ¡Qué locura!, ¿no? Pagar por venir a la selva a pasar calor y trabajar. Si estuviera en condición de hacerlo, la verdad, también pagaría con gusto, porque una vez estando acá entiendo cómo ese dinero puede transformarse en cosas invaluables para una comunidad en necesidad y, si la idea es esa, ayudar, pues ¿por qué no?

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Voluntarias ordenando e identificando libros para la biblioteca. Y Lupe, la más trabajadora de todas.
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Ismael. El voluntario local.
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La biblioteca cada vez con más forma y los viajeros frecuentes del centro

El instituto maneja varios proyectos en los que se puede participar y colaborar. Estos incluyen la posibilidad de hacer voluntariado y vivir la experiencia amazónica en la comunidad de Sobrado; la venta de productos desarrollados en el marco de un programa que promueve el emprendimiento social y fomenta conceptos de sustentabilidad y comercio justo; las donaciones que se destinan a la elaboración, entrega e instalación de kits de energía solar para familias que viven retiradas de las comunidades más grandes; y un programa de retiro de meditación y búsqueda espiritual (vipassana) del que se dirigen todas las ganancias al resto de los programas.

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Familia que trabaja en la extracción de aceite de copayba que el instituto embotella y vende en el marco de su proyecto de emprendimiento social
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En Brasil, el fútbol es sin duda el punto de encuentro más importante en lo social y hay canchas donde menos te lo imaginas

Podría desgastarme con letras y escribir un sin fin de párrafos de mi experiencia, como “pegue carona”, “eché dedo” o “pedí cola” (como decimos en mi país) en el río y terminé compartiendo canoa con una familia y un loro, por ejemplo; pero prefiero mostrarles las imágenes y dejarlos construir sus propias historias. Sólo les diré esto para alimentar su imaginación: El Amazonas parece infinito, estando ahí el verde y el agua se pierden de vista y, la verdad, ya en Manaos con el barco de regreso a Colombia dentro de 24 horas, sigo pensando mucho en lo que aprendí y viví esos días en la mitad de la nada. La selva hace sentir chiquititos a los humanos, indefensos, vulnerables y creo que por eso es tan aterradora para muchos. Aunque reconozco algo en esa humildad impuesta que nos viene bien a todos, aunque sea en pequeñas dosis. Creemos que desde nuestras comodidades lo tenemos todo resuelto, pero no pensamos cómo nuestras decisiones diarias influyen en el desgaste de la naturaleza porque nunca hemos convivido realmente con ella. Necesario aprender de esto, necesario reflexionar seriamente al respecto.

Pero bueno, así pasaron los días. Llenos de atardeceres hermosos, viajes de río, lluvia, lecciones de vida y carapanã (mosquitos) hasta que llegó el momento de volver. El día de regreso, planeábamos salir temprano, pero una lluvia torrencial de esas que sólo pasan en el invierno selvático nos retuvo hasta después de medio día. Almorzamos, recogimos y salimos apenas el cielo lo perimitió. La verdad planificar con un reloj en estas condiciones no tiene mucho sentido. Hubo que aprender a planificar con el sol y las nubes.

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Puerto de Novo Airão donde anclamos al llegar
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Novo Airão

Comenzamos a rodar hacia Manaos y 45 minutos después se nos espichó un caucho. Bueno, espicharse es un eufemismo, el caucho tenía las bandas de rodamiento por fuera y un desgaste bastante evidente que pasó desapercibido hasta que la goma cedió. Paramos, levantamos el carro, sacamos el caucho, pusimos el de repuesto, comenzamos a rodar. ¡Sorpresa! El caucho de repuesto no tenía aire. Tocó hacer una parada forzada de dos horas mientras Marcello, “pegando carona” (en cola, echando dedo, hitchhike, etc.), volvía a Novo Airão a reparar el caucho de repuesto para poder seguir hasta Manaos.

Paramos a las 4:30 de la tarde. Una de las horas más bonitas para fotografiar de este lado del mundo y estando con Silvio y mi cámara, lo que creía que sería una espera súper aburrida se transformó en una aventura. Mientras yo me disponía a sacar mi libro para sentarme y esperar que llegara el caucho que nos hacía falta para seguir, Silvio se bajó del carro y empezó a caminar viendo las plantas a nuestro alrededor. Nunca se me hubiese ocurrido hacer algo así en semejante circunstancia y, la verdad, nunca antes había visto que alguien hiciera algo similar. Volvía cada tanto al carro emocionado a mostrarnos algo que había conseguido, hasta que removió tanto mi curiosidad que me hizo dejar el libro y bajarme con él a investigar. Después de todo, el libro seguiría en mi morral después de irme de aventura por el borde de la carretera. Nos morimos de risa de nuevo y comí varias frutas y hojas que me ofreció. Era como si cerráramos esa última tarde como abrimos la primera mañana.

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Entre Novo Airão y Manaus

 

 

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Silvio contento porque las plantas que tiene en la mano curan la gripe y no son fáciles de conseguir
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Hallazgos de Silvio. Según él se comían, fue la única vez que no me arriesgué a comer algo que él me ofrecía jejeje.
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El tiempo que pasamos parados en la carretera sirvió para que Silvio nos mostrara los juguetes que hacía con palmas cuando era niño. El que parece una cruz era un hélice que giraba súper rápido!
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Otro juguete de Silvio hecho con palma
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Mi intento por aprender a hacer un pajarito
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La hora más bonita para fotografiar por estas latitudes.

 

Y así, esperando, cayó la noche y llegó Marcello con el caucho. Rodamos las 3 horas que nos faltaban hasta Manaos y después de una larga semana volví a los enchufes y al internet. Se sintió como mucho más tiempo en el cuerpo y en la mente. Más en la mente, en realidad. Pero bueno, ahora toca recoger el morral y la hamaca de nuevo. De lo que ha sido una semana maravillosa en Manaos les cuento en el próximo wifi. Tomaré barco una semana río arriba para volver a Colombia a reencontrarme con el bello mar caribe, desde ahí -frente a otro cuerpo de agua inmenso- sentiré cómo se me alborotan la sangre y los pensamientos enrumbando las patitas hacia nuevos destinos.

Hasta el próximo wifi.

lnl.

Ps: Silvio en realidad no se llama Silvio. A pesar de habernos hecho tan amigos, porque siento que así fue, nunca me dijo su verdadero nombre. Según entendí, no puede decir su nombre indígena fuera de su localidad a menos que hable en nombre de su comunidad o tenga la autorización de ellos. Un día, almorzando, dio gracias por los alimentos en su lengua. Fue lindísimo. Pero más allá de eso era bastante reservado al respecto.

Si están interesados en colaborar con el Instituto Dharma, hacer algún tipo de donación o pasar un tiempo en su lindísimo campamento, pueden comunicarse con ellos a través de su página web: http://www.institutodharma.org.br/

 

Saudade da floresta… O como terminé viviendo una semana en la selva de Brasil (2/3)

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Llovió toda la noche, son las 5:30 de la mañana y Silvio, ya bañado y listo para afrontar el día, me despierta para preguntarme si quiero ver el amanecer. No lo dudo ni un segundo, pego un brinco fuera de la hamaca, agarro mi cámara y convenzo a Lupe que es hora de despertar. Nos vamos a la torre a ver el amanecer sobre el río. Cuanta grandeza que no tiene nada que ver con el hombre y sus costumbres, cuanto verde, cuanta agua, cuanto azul de cielo. Respirar hondo ante estas cosas se me hace un reflejo involuntario, me pregunto si a todos les pasará igual. Silvio me cuenta como se llaman uno a uno los pájaros que vemos y escuchamos. Me enseña qué comen y me señala las plantas desde la torre a ver si desde arriba las diferencio mejor. Silvio sabe que yo me pierdo entre tanto verde, y que los que crecimos en la ciudad no reconocemos tan fácil las diferencias entre las matitas que él nota desde la distancia. Nos quedamos ahí, viendo el río, mientras el sol finalmente deja la timidez y sale de entre las nubes con la fuerza y el brillo que le toca. Hablamos como podemos, muertos de risa haciendo señas, perdidos entre traducciones de mi muy pobre portugués y su muy básico español. Silvio es hijo de un venezolano y nació de ese lado de la selva pero desde muy joven vive del lado brasilero del Amazonas, lo que le queda de español es lo que recuerda de su niñez a sus 40 años. A mí, lo que me queda de portugués es lo que aprendí en un curso de 3 meses hace 3 años y que nunca practiqué hasta ahora.

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Mi amigo de la etnia Tukano, “Silvio”.

Cuando bajamos de la torre todos los demás estaban despiertos, tomamos el desayuno juntos, conversamos un rato y nos fuimos río abajo 25 minutos para la comunidad de Sobrado, donde está la casita azul multiusos del instituto donde se hacen las jornadas de salud cuando vienen médicos voluntarios, la misma casita donde Andreia está organizando la biblioteca con todos los libros que tenía Marcello en la Kombi cuando nos conocimos, y las nuevas donaciones que ha recibido. En Sobrado fuimos a la escuela, ahí entendí que los sacos de cebollas y la caja de manzanas que venían en la van y luego en la lancha a casa eran donaciones para el comedor, no la dieta que tendríamos los próximos días selváticos.

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Comunidad de Sobrado. Novo Airão
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La casita azul del Instituto Dharma en Sobrado
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La naturaleza le ganó a estos libros. La humedad no perdona de este lado del planeta.

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DSC_0390Conversamos con las maestras acerca de la intención del instituto de ayudar y poner a la disposición la biblioteca como un aula extendida de la escuela. Conocimos los salones y en el comedor, los niños sonreían y celebraban las manzanas como la más deliciosa chuchería. Entendí algunos de los factores que afectan a esta comunidad: La burocracia de una secretaría de educación que filtra ¡todo! con la intención de salvaguardar unos bienes a los que no les dan mantenimiento. Una planta de energía que no funciona correctamente sin la cual las 6 computadoras del salón de informática de la escuela son un pisapapeles gigante. Y lo que más me impresionó, volví a escuchar algo que me pareció no haber entendido bien cuando Silvio lo dijo antes: la vergüenza que sienten algunos de ser descendencia indígena.

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La maestra y Silvio resultaron ser parientes de la misma etnia. 

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“Educación de campo, respeto a las diversidades culturales, rompiendo paradigmas, formando ciudadanos autónomos y responsables.” Lindo cartel para una escuela, ¿no?
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Pedro, el hermano de Ismael

El portugués y el español se parecen bastante, es cierto, eso me ayuda mucho a entender conversaciones por contexto y así me he manejado estos días, pero cuando son cosas tan radicales y tan fuertes como “la vergüenza de ser descendencia indígena”, prefiero no hacer ninguna sentencia y dejarlo fluir a ver si más adelante retoman el tema y puedo entender mejor. En el carro, cuando veníamos de Manaus camino a Novo Airão, mis amigos brasileros hablaban de la cada vez más necesaria integración de las etnias a la sociedad moderna, y de cómo se podría hacer ese proceso sin perder sus costumbres ancestrales, sus conocimientos naturales y sus estilos de vida (para los radicales en cuanto al tema, no hablábamos de desplazamientos geográficos, si no acerca de posibles actividades comerciales, que permitan un mínimo acceso a bienes, sistemas de salud y educación y así no sólo depender de organismos gubernamentales que sólo sirven para hacer política en época electoral ni donaciones en general, hablábamos o soñábamos supongo, con cierto nivel de autonomía para el acceso a bienes básicos).

En ese contexto, Silvio nos explicaba de esa vergüenza que el “hombre blanco” (entiéndase blanco como no indígena, no como caucásico necesariamente) ha impuesto sobre ellos. Que mucha gente por desconocimiento de sus costumbres los trataba como salvajes y en algunos casos más extremos como caníbales. En nuestros términos de internet, Silvio nos contó como el resto les hace bullying por pura ignorancia y la manera en la que eso los afecta como colectivo. La maestra de la escuela volvió a tocar el tema, esta vez haciendo referencia a la actitud de agradecimiento con la que recibían las donaciones, hablaba como si ser indígena valiera menos que ser de cualquier otro color u origen. Lo daba por sentado, para ella era una verdad irrevocable sobre la que se apoyaba para explicar otras cosas. Las otras cosas no las entendí, la verdad me distraje porque sólo me quedó retumbando la “vergonha” indígena que volvía a aparecer. Es una lástima, si supieran lo afortunados que son realmente. Mientras más tiempo paso acá, más me convenzo que somos “nosotros” quienes debemos reeducarnos para reinsertarnos en este estilo de vida. El natural.

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Volvimos a la casa para almorzar y pasar la tarde y ya sólo la mañana había sido un cúmulo de información importante para procesar. Aquí el tiempo funciona diferente, pasa más lento pero a la vez pasa bastante más rápido de lo normal. Después de comer me senté a trabajar con Marcello en el diseño de unos folletos que necesita para hacer promoción del instituto y conseguir donadores. Después de todo, es una organización no gubernamental, ni religiosa, ni política que funciona por voluntariados y donaciones en el medio de la selva.

Saudade da floresta… O como terminé viviendo una semana en la selva de Brasil (1/3)

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En Novo Airão mientras esperaba para irnos a Sobrado

A Marcello lo conocí el año pasado, en un barco de carga mientras navegábamos el río Madeira y el río Amazonas desde Porto Belho hacia Manaus cada uno en una VW Kombi. Nosotros, íbamos de regreso a Venezuela de recorrer el continente en carro con lo que nos quedaba en los bolsillos, y el alma llena de experiencias de 23.500 kms para compartir. Marcello, en cambio, iba manejando su mundanza. Una kombi amarilla repleta de libros y estatuas de Buda para su proyecto “Instituto Dharma” en el Municipio Novo Airão en pleno corazón del Amazonas brasilero, a orillas del Río Negro.

Para los que no han viajado en barco por estos lados les cuento un poco de la experiencia: Es una paz que aturde. Son días enteros (en ese caso 7 días y sus 6 noches) sin mucho más para hacer que ver como sale y cae el sol. Bueno y leer o escuchar música. No hay a donde ir, televisión para ver, ni internet para esconderse. Eres tú sin nada que calle la voz de tu cabeza. El río, el sol, un par de libros y tú por mucho tiempo. Una paz que aturde.

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Foto del año pasado. Las Kombis en el barco de carga.

Por esos días tenía muchísimas ganas de dar, de hacer algo que me permitiera devolverle a la humanidad todo lo que la humanidad me había dado sin saber. Me negaba y la verdad, aún me niego, a creer que esa “suerte” que me acompaña es sólo eso, “suerte”. Y aunque siempre he practicado el hacer bien sin el mirar a quien, sentía que debía tomar un papel más activo al respecto y así fue como terminé 5 meses después, en el corazón de la selva, conviviendo una  semana en el Instituto del brasilero loco que viajaba con miles de libros y dos perros en el mismo barco de carga que yo.

Una mañana calurosa y húmeda (como todas) en Manaus, me conseguí con Marcello a las 9 de la mañana en la entrada del Parque Do Mindu para irnos al Instituto. No llegó en la Kombi amarilla que esperaba si no en una van gris más moderna (y con aire acondicionado, menos mal). Con él iba Adriana, que tiene proyectos educativos en la comunidad de Sobrado donde hay una pequeña casa/biblioteca/ambulatorio médico del instituto; Silvio, un amigo de ellos descendiente indígena de la etnia Tukano que después me enseñaría un sin fin de cosas de la selva; y Andreia, una bibliotecaria que por casualidades de la vida, después de terminar una relación de 14 años, terminó viviendo un mes en la selva armando una biblioteca para los niños de la comunidad. Todos brasileros, Lupe que es del mundo entero y yo. Rodamos 4 horas hasta Novo Airão, dejamos el carro y tomamos lancha una hora y cuarto río abajo hasta la casa.

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Río Negro
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Lupe de la selva
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Adriana, Andreia y Marcello
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Sudada y feliz 🙂
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Feliz y libre

“La casa” es un complejo de madera y palma en la mitad de la selva a espacios abiertos, con caminerías hechas de tabla que se elevan del piso y los charcos cuando llueve y te llevan a todos los espacios, aunque ninguno de ellos es cerrado totalmente. Ahora que lo pienso, desde que salí de Manaus más nunca volví a ver una cerradura. Una vez se sube la mini cuesta al llegar por el río, de entrada se consigue un espacio común grande, con paredes hechas de ramas, techo de palma y una entrada por cada extremo, una “maloca” como se llama en la cultura indígena este tipo de construcciones. Al salir por el otro lado de la maloca hay: a la derecha, un espacio redondo más pequeño, de paredes de tablas, ventanas abiertas y techo de paja; está lleno de artesanía indígena, cestas, flechas, tocados de plumas, guacas que se consiguieron en el lugar y es donde están los únicos 4 enchufes de todo el complejo que funcionan con energía solar. Al fondo la cocina, sin paredes, con un fogón de leña y el mesón en el que caben al menos 20 personas. A la izquierda, una construcción también de madera y palma, pero con malla de mosquitero en vez de paredes donde se pueden guindar varias hamacas. Hacia la izquierda también están los baños, las duchas y un par de cuartos cerrados con 2 camas cada uno donde generalmente hospedan a los voluntarios. Yo me quedé en el cuarto de las hamacas con los dos muchachos que trabajan en el centro y Silvio, no solo porque dormir guindada me encanta y me recuerda a mi niñez en la costa venezolana, si no que con estos calorones y la humedad, eso de no tener paredes en la noche me llamaba bastante la atención. En el complejo también hay un par de huertos, la habitación de Marcello que da hacia el río y una torre de madera de 3 pisos donde se puede subir a ver el atardecer y “la floresta” como se le llama a la selva por acá.

Una semana después de haber salido de Bogotá, después de un vuelo de 2 horas, un barco de 4 días, un par de noches esperando que me buscaran en Manaus, un viaje por carretera de 4 horas y una navegada de río de hora y algo en una embarcación más pequeña, finalmente había llegado a mi destino. Nadie dijo que sería fácil jeje pero tampoco dijeron cuanto valdría la pena.

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Autoretrato desde la torre, a mis espaldas el río negro
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Nota mental: La ropa no se seca NUNCA en el invierno selvático 😉